CINE

RINCÓN CINÉFILO: BOOGIE NIGHTS

Dentro de 20 años cuando algún curioso eche la mirada atrás y quiera saber que es lo mejor que se hizo en el cine estadounidense en la década de los 90’s y en la de los 2000’s, probablemente y para sorpresa de muchos no mencionaría de primeras a Clint Eastwood ni a Scorsese ni si quiera a Tarantino. Sin duda señalaría como referente a Paul Thomas Anderson puede que luego hablase de Sofia Coppola, de Michel Gondry, de David Fincher o West Anderson y culminaría su tesis señalando a Lynch y a Malick como aquellos directos atemporales que filmaron parte de su mejores obras en aquella época.

Anderson es el alumno más aventajado y con más talento de toda esta generación que surgió del cine independiente de los 90’s impulsados gracias al fenómeno Sundance y en mayor medida a Miramax y los hermanos Weinstein (como retrató estupendamente Peter Biskind en su libro Sexo, mentiras y Hollywood ).

En 1997 dirigiría su segundo film Boogie Nights; complejo relato sobre la industria del porno a finales de los 70’s, principios de los 80’s a través de varias historias que partían de una fuente común pero que a medida que iba avanzando la película se iban separando y tomando su propio camino (como Vidas Cruzadas de Robert Altman pero al revés). Que nadie se piense que está película va sobre la industria del porno, Boogie Nights es al porno lo que Moby Dick es a la caza de las ballenas. Anderson dibujo un retrato enredado y sobre todo estiloso sobre el ascenso y la caída, sobre el éxito y fracaso con una maestría sólida pero a la vez innovadora, revisando las formas clásicas para hacer una película extremadamente moderna (algo que después desarrollaría en Magnolia y culminaría con Pozos de Ambición).

La utilización constante de la Steadicam es determinante para conseguir que todo fluya alrededor de una escena y que en un principio de la sensación de un retrato coral compacto que poco a poco se irá agrietando. Nunca antes se le había sacado tanto partido y de forma tan sobresaliente a esta técnica cinematográfica. Es de destacar dos escenas realmente memorables que deben ponerse en las escuelas de cine para que los chavales aprendan a utilizar una cámara; la primera es la de la piscina donde la cámara hábilmente se va metiendo en conversaciones de diferentes personajes, saliendo y entrando para finalizar con el zambullido en la piscina. La otra, el intercambio de droga ya forma parte de la historia del cine como una pieza de arte, donde el juego de la música, la situación y el personaje del chino tirando petardos rozan la genialidad más absoluta.

Jorge García Martínez 

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